A unos novios con problemas

Lo primero que quisiera decirles es que la relación que tienen es muy especial, es muy valiosa, y realmente no vale la pena que la echen a perder por celos, inseguridades, orgullo y otras tonterías. Han cometido errores.
Les ha faltado arriesgarse al compromiso. Han tenido problemas por relacionarse más a partir de su inseguridad que de su amor. Han tratado de controlar al otro.

Yo les propongo que no se estacionen ahí, que pasen la hoja a esos errores, que no discutan quién hizo qué, que no se culpen mutuamente y que hagan de lado el orgullo. Perdónense de corazón. Aprovechen esta crisis para madurar y para resolver a fondo el problema. Tienen que preguntarse por qué llegaron a esto y qué es lo que tienen que hacer. Olvídense del «tú hiciste», «es que tú». Mejor compartan sus sentimientos: me sentí triste, me sentí sola, solo, me sentí confundida, confundido... no sé. Lo que sientan. No se pongan a la defensiva, en cambio busquen cómo comprenderse y cómo ayudarse uno al otro.

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El durazno

En medio del desierto, a orillas de un manantial, se levantaba el pequeño pueblo donde vivía Ohmed, con su esposa y sus cuatro pequeños hijos.

Dos veces al año, Ohmed iba a la ciudad. Los niños esperaban ansiosos su regreso, pues su padre siempre les traía algún regalo.

Un buen día, Ohmed regresaba especialmente contento, por la sorpresa que llevaba a su familia. Apenas bajó el camello, los niños corrieron a saludarlo. Con gran satisfacción el padre les dijo:  -"Vean qué estupendo regalo nos hizo el tío Efim"; y con gran satisfacción les mostró seis sabrosas frutas.

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