De Spurgeon sobre la oración

No hay duda alguna que orando aprendemos a orar y cuanto más oramos, con más frecuencia podemos orar y mejor oramos. El que sólo ora de tarde en tarde nunca puede alcanzar aquel estado valioso de la oración fervorosa.

Tenemos a nuestro alcance un gran poder en la oración, pero tenemos que trabajar para obtenerlo. No imaginemos jamás que Abraham hubiese podido interceder por Sodoma con tanto éxito si durante todo el tiempo de su vida no hubiese estado constantemente en comunión con Dios.

Toda la noche que Jacob pasó en Peniel no fue la primera ocasión en que él encontró a su Dios.

Aún podemos mirar a la oración más selecta y maravillosa de nuestro Señor con sus discípulos antes de su pasión, como la flor y el fruto de sus muchas noches de devoción y de la mucha frecuencia con que se levantó antes del amanecer para orar.

Si una persona sueña que va a llegar a ser tan poderosa como desee en la oración, sin esfuerzo, piensa muy equivocadamente. La oración de Elías que cerró el cielo y después abrió las puertas de sus aguas fue una de las largas series de oraciones con que Elías suplicó al Señor. No olvidemos que la perseverancia en oración es necesaria para prevalecer orando.

Aquellos grandes intercesores a quienes no se les nombra con la frecuencia que se debe en relación con los mártires, no obstante, fueron los mayores bienhechores de la iglesia; pero el llegar a ser tal clase de canales de la misericordia para los hombres, lo consiguieron permaneciendo en el lugar de la oración.

Para orar, tenemos que orar, y continuar en oración para que continúen nuestras oraciones.

C.H. Spurgeon

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