Por Las Mujeres De Mi Ciudad

“Se inundarán en llanto mis ojos, sin cesar y sin consuelo, hasta que desde el cielo el Señor se digne mirarnos. Me duele en lo más profundo del alma ver sufrir a las mujeres de mi ciudad” (Lam.3:49-51)

Inseguridad. Peligros. Acoso. Violencia. Miedo. Desconfianza. Destrucción. Pánico. Angustia. Muerte…

Las calles del pueblo y de la ciudad cada vez nos parecen más inseguras y cruentas. Estamos preocupados y el tema recurrente forma parte de los debates diarios entre los familiares, los amigos, los ciudadanos. Muchos no quieren salir de sus casas. Otros lo hacemos con temor y zozobra. Cambian las costumbres sociales. Reina la desesperanza.

Las calles del pueblo y de la ciudad se nos volvieron temibles enemigas. Es una realidad. Sin embargo, las mismas y peores vivencias las tienen quienes padecen maltrato en sus propios hogares, en sus propias familias.

¡¿Cómo?! ¿El hogar no es un lugar seguro? ¿La familia no garantiza las relaciones más cercanas, cálidas y estimulantes? ¿No son los padres y las madres los que alientan el crecimiento integral de los hijos? ¿No se trata el vínculo conyugal del más íntimo y confiable? ¿No despiertan los más frágiles de la familia –mujeres, niños, ancianos y discapacitados- las actitudes normales de protección y cuidado?

Ya conocemos cuál fue el diseño original de Dios: la familia, aun en su imperfección, debería ser un espacio de amor y contención donde todos y todas –grandes y chicos, hombres y mujeres- pudieran crecer en el contexto de amor y seguridad necesarios para la salud integral de todos sus miembros. Ya sabemos: el pecado arruinó el perfecto plan de Dios. Pero no sirve o no alcanza con lamentarse sobre esta triste realidad que se repite de generación a generación.

Dios se dignó a mirarnos. Jesucristo es la provisión de Dios para la restauración del ser humano. Ahora, como hijos e hijas del Dios de Jesucristo, hay algunas cosas que todos y todas podemos y debemos hacer, empezando por casa:

  • Declarar que toda forma de maltrato, como expresión del abuso de poder de un ser humano sobre otro, es contraria al designio de Dios.
  • Vivir consecuentemente a esta declaración, en todas nuestras relaciones interpersonales, dentro y fuera del hogar.
  • Más allá de los roles de autoridad que nos toque ejercer, el respeto por la dignidad de mi prójimo debe ser evidente en mi forma de tratarlo.
  • Comprometernos en la ayuda concreta y práctica a las víctimas de cualquier forma de maltrato.
  • Ser promotores de paz y de relaciones equitativas, en todos los medios en que nos toca actuar, empezando por la propia familia.
  • Educar a las generaciones jóvenes -hijos e hijas, alumnos y alumnas-, en el respeto por los demás y en equidad de género, recordando que cada persona representa la imagen que Dios quiso imprimir en el ser humano –hombre y mujer-.

Ahora sí. Vuelve la alegría, la confianza, la seguridad y la esperanza. A la familia, al pueblo, a la ciudad. Ya no sufren las mujeres de mi ciudad. ¿Utopía o realidad? De cada uno de nosotros depende.

"Sean amables unos con otros, sean de buen corazón..."  Efesios 4: 32

(En adhesión al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, 25 de noviembre, declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1999, para la sensibilización pública respecto de la violencia contra la mujer).

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