Ante todo debemos querer a la gente

Cuanto más conocemos mejor perdonamos,
Aquel que siente profundamente,
siente por la humanidad entera.
Madame De Stael.

Craig, uno de mis amigos íntimos en nuestro curso de postgrado en la universidad, es de las personas que irradia energía en el sitio donde está. Acostumbraba poner toda su atención mientras le hablabas, haciéndote sentir increíblemente importante. Todo el mundo lo quería.
Un soleado día de otoño, Craig y yo estábamos sentados en nuestro lugar predilecto de estudio. Yo estaba distraído mirando por la ventana cuando divisé a uno de mis profesores cruzando el parque.

  • “No quiero encontrarme con ese tipo”, dije.
  • “ ¿Y por qué no?”, pregunto Craig.

Le comenté que este profesor y yo habíamos terminado en malos términos el semestre de primavera anterior. Yo me había molestado por alguna sugerencia suya y él, a su vez, se había ofendido con mi respuesta. “Además”, agregué, “a ese tipo no le caigo bien”.

Craig se quedó mirando la silueta que pasaba. “Tal vez tienes una percepción equivocada”, me dijo. “Tal vez tú eres el que le está dando la espalda, y lo estás haciendo por miedo. Posiblemente él piensa que tú no lo aprecias y por esa razón no es amistoso. He notado que a las personas les gustan quienes gustan de ellos. Si tú muestras interés por él, él mostrara interés por ti. Acércate y háblale”.

Las palabras de Craig me causaron escozor. Bajé con paso indeciso hacia el parque. Saludé cálidamente a mi profesor y le pregunté si había tenido unas vacaciones placenteras. Me miró con genuina sorpresa. Seguimos charlando mientras caminábamos y yo me podía imaginar a craig observándonos desde el segundo piso, con una sonrisa en los labios.

Craig me había hecho conocer un concepto tan evidente que me parecía increíble no haberlo percibido antes. Al igual que la mayoría de la gente joven, me sentía inseguro de mí mismo y entablaba toda relación pensando que de entrada los demás me estaban juzgando, cuando en realidad ellos estaban pensando que yo haría lo propio con respecto a ellos. A partir de ese día pude ver la necesidad de los demás de establecer puntos de encuentro y de compartir algo de sí mismos, y no de juzgarme a mí. Todo un nuevo mundo de relaciones que antes me había sido negado se hizo posible.

En cierta ocasión, por ejemplo, durante una travesía por el Canadá, en tren, entable conversación con un hombre a quien todos los demás pasajeros procuraban ignorar pues hablaba en forma prácticamente ininteligible, como si estuviera borracho. Resultó ser victima en recuperación de un derrame cerebral. Era ingeniero de ferrocarriles y coincidencialmente había trabajado en el tramo férreo sobre el cual rodábamos, de tal forma que me contó la historia de cada kilómetro de carrilera bajo nuestros pies. Me hablo de la quebrada “Montón de Huesos”, llamada así por los centenares de esqueletos de búfalo que los cazadores indígenas habían depositado en aquel lugar; de la leyenda de “Juan el Enorme”, el trabajador ferroviario sueco que podía levantar rieles de acero de quinientas libras; del conductor de tren llamado Mc Donald, que llevaba un conejito como compañero de viaje.

Al despertar el alba sobre el horizonte, me tomó bruscamente de la mano y me miró a los ojos, diciendo: “gracias por escucharme. Muchos no se habrían tomado la molestia”. No tenía por qué agradecerme. El placer había sido todo mío.

Una familia que me detuvo para pedirme señas en una bulliciosa calle de Oakland, California, resultó ser del recóndito noroeste de Australia. Les pregunte acerca de su vida en su tierra. Mientras tomábamos café me deleitaron con narraciones acerca de cocodrilos de agua salada “con espaldas tan anchas como una capota de un automóvil convertible”.

Cada encuentro se convirtió en una aventura, y cada persona en una lección vivencial. Los ricos, los pobres, los poderosos y los solitarios; todos tenían una historia única para contar, si tenía el tiempo para escuchar.

Un pordiosero harapiento y barbado me contó que durante la crisis de los años 30 había alimentado a su familia disparando una escopeta sobre la superficie de un lago, para luego sacar los pescados que salían a flote completamente aturdidos. Un policía de tránsito me confeso que había perfeccionado sus ademanes para dirigir el tránsito vehicular observando a los toreros y directores de orquesta. Un joven estilista compartió conmigo la felicidad de observar los rostros satisfechos de las damas residentes en un ancianato, cuando estrenaban nuevos peinados.

En muchas ocasiones dejamos que estas oportunidades nos pasen de largo. Al igual que usted, la chica sin mayor gracia que vive en la esquina de la cuadra o el muchacho que utiliza vestimentas estrafalarias, también tienen historias que contar. E igual que usted, sueñan con tener la oportunidad de ser escuchados.

Craig sabía de manera instintiva lo anterior. El secreto está en simpatizar inicialmente con las personas y después formular preguntas. Observa y verás que la luz que brilla sobre otros será reflejada sobre ti un centenar de veces.

Kent Nerburn

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