La Desproporción

"Cuando Jesús miró y vio la mucha gente que lo seguía, le dijo a Felipe:
—¿Dónde vamos a comprar pan para toda esta gente?
Pero lo dijo por ver qué contestaría Felipe, porque Jesús mismo sabía bien lo que había de hacer. Felipe le respondió:
—Ni siquiera el salario de doscientos días bastaría para comprar el pan suficiente para que cada uno recibiera un poco.
Entonces Andrés, que era otro de sus discípulos y hermano de Simón Pedro, le dijo:
—Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero, ¿qué es esto para tanta gente?
Jesús respondió:

—Díganles a todos que se sienten.
Había mucha hierba en aquel lugar, y se sentaron. Eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó en sus manos los panes y, después de dar gracias a Dios, los repartió entre los que estaban sentados. Hizo lo mismo con los pescados, dándoles todo lo que querían. Cuando ya estuvieron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos:
—Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicie nada.
Ellos los recogieron, y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.”
Juan 6:5-13 

Querido Fray Manuel:

No sé si recuerdas aquella tarde en Afagnan. Había superado mi gran crisis, un tributo que todo hombre blanco paga obligatoriamente a su llegada a ciertas zonas de áfrica. No es fácil familiarizarse, al primer encuentro, con los cincuenta grados y con un porcentaje de humedad bastante superior al límite peligroso.
Te dejas ir, como vacío de todo. No tienes ganas de moverte, ni de hablar, ni siquiera de pensar.
Aquella tarde, apenas repuesto del mazazo que me había propinado el clima del Togo, te había arrancado por unas horas a tus enfermos del hospital.
Me conducías a lo largo de la carrera de Agbetico ¿recuerdas? Grupos de niños chapoteaban en una gran charca. Apenas nos descubrieron, saltaron sobre la arena roja, chorreantes. Y vinieron a secarse, frotándose como gatos contra nuestros hábitos blancos.
Tu, entonces, me hiciste notar:

Mira, la tragedia de áfrica está toda aquí. Esta agua estancada nos sirve para tomar el baño, para lavar la ropa y la vajilla y también para beber cuando no hay algo mejor al alcance de la mano. Un verdadero desastre. La mayor parte de las enfermedades infecciosas encuentran aquí su lógica explicación.

Y añadiste con una punta de tristeza:

Si sometiéramos a estos arrapiezos a todos los análisis de laboratorio, como se acostumbra en Europa, en el más sano de ellos encontraríamos no menos de media docena de enfermedades.

Los chicos entre tanto se habían vuelto a sumergir en el pútrido charco.
Me agarraste por el brazo con un gesto de rabia.

Comprende, trabajamos todo el día, con frecuencia también de noche. Prácticamente no tenemos horarios. Pero, a veces, nos atenaza la sensación de que luchamos contra algo inmensamente superior a nosotros. No sé explicarme. Pero esto nuestro tiene todas las apariencias de una batalla contra lo imposible.

Y, en los momentos negros, una voz maligna, en el interior de nuestro cansancio, de nuestros nervios destrozados, nos susurra que es una lucha perdida desde el principio…
Habíamos entrado en el centro de Afagnan. Estábamos en el mercado. Hubiera deseado decirte algo. Pero no lo conseguía.
Por otra parte, no tenía derecho, precisamente yo, el turista, a discutir tu desánimo.
Detrás de nosotros se había formado el inevitable cortejo de niños: desnudos, alborotadores, el vientre horriblemente hinchado, sobre la piel las manchas cárdenas, los estigmas de males antiguos como la miseria.
Yo prestaba atención a sus gritos, a sus risas. Tú en cambio, me hiciste observar algo diferente:

¿Oyes estos golpes de tos? No tengo siquiera el valor de volverme a mirar, lo pasaría muy mal… Muchos de estos muchachos están enfermos de pulmón. Pero ¿qué podemos hacer? En el hospital podemos atender a unos treinta, a lo sumo cuarenta.

Y te das cuenta de que bastaría moverse dos días a través de estos poblados para comprobar que los necesitados de hospitalización serían millares… ¿Entiendes nuestro drama y nuestra angustia?
¿Qué son treinta o cuarenta ante decenas de millares?
Volvimos al hospital en silencio. El calor esta todavía atroz. Yo pensaba en tus palabras y me parecía ya haber oído algo parecido, en alguna parte. Ciertamente, en el evangelio. “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Pero ¿qué es esto para tantos?”.
Esta es la desproporción: cinco respecto a cinco mil.
Es tu drama, fray Manuel: un joven religioso contra un cúmulo desorbitado de miserias, contra un espantoso avispero de enfermedades.
En un determinado momento se te escapó una amarga observación, desesperanzada.

Una gota de agua en un desierto quemado, abrasado…

Esto es en realidad nuestra presencia aquí. Me pregunto si vale la pena continuar.

Al atardecer, durante una de aquellas interminables puestas del sol africanas, que me hacían disparar fotografías sin parar, volví a buscarte. Había encontrado la página evangélica que convenía a tu caso. Y tenía la pretensión de explicártela.
No te encontré al principio. Pensaba verte echado bajo el gran mango del patio rumiando amargos pensamientos, pero no, estabas ocupado. Te pude entrever a través de una cortina del ambulatorio, con la cabeza apoyada auscultando un pecho negrísimo y la mano grande que parecía acariciar aquellos cabellos negros, crespos, rígidos como alambre. “Tose… Respira fuerte… Tose otra vez…”.
Yo señalaba con el dedo una frase: “¿Cómo vamos a encontrar pan para que coman todos?”.
Fuera había una larga fila que esperaba.
Sentía ganas de decir: “Es tarde. Mándalos a casa”.
Pero oí tu voz con tono imperioso:

Que entre otro. Adelante.

Y la fila se movió un paso.
Cerré el evangelio. Y me quedé contemplando la escena no sé cuanto tiempo.
Eres tu, querido fray Manuel el que ilustraba aquella página.
Yo hubiera repetido como los discípulos: “El lugar está deshabitado, y la hora ya pasada. Despide, pues, a la gente para que vayan a los pueblos y se compren comida…” (Mt. 14,15).
Pero Jesús negaba: “No, no deben marcharse”.
Y también tú negabas, rehusando:

Que pase otro, adelante.

Y la fila, en un movimiento, avanza un paso.
“Dijo Jesús: haced sentar a la gente” (Jn 6, 10).
Y tu, de cuando en cuando, seguías repitiendo:

Que pase otro, adelante.

Después de tanto tiempo, siento necesidad de darte las gracias, fray Manual, porque aquella tarde, en un hospital de Togo, me demostraste la actualidad del milagro. Eres tú el muchacho de los cinco panes y de los dos peces. Eras tú el que ponía a disposición de aquella muchedumbre negra y de Cristo lo poco que tenías. Un “poco”, que era, no obstante, todo lo que tenías.
Gracias, fray Manuel, porque prosigues, porque te obstinas en combatir, en ganar una batalla perdida de antemano. En realidad lo que has perdido es simplemente tu “vida” (Mt 10, 39).
Gracias por la gota que regalas a un desierto abrasado por demasiados egoísmos y demasiada pereza.

Adelante, que pase otro – Vienen ganas de repetir. Adelante “otros” como fray Manuel que aceptan el desafío de lo imposible.

Mientras haya locos como tú, en el mundo, el milagro estará siempre a la orden del día.
Me olvidaba. Aquella tarde, por primera vez, tuve la impresión de que el paisaje ardiente del Togo era acariciado por una ligera brisa. Una sensación de fresco.
Todo, mérito de una gota de agua, querido incorregible loco, que respondes al nombre de Manuel (fray Dios con nosotros) que repites impertérrito: “Adelante”.
También nosotros, animales perezosos demasiado razonables, acostumbrados a perder regularmente todas las batallas ya perdidas de antemano, nos ponemos a la cola en aquella fila interminable.

¡Adelante!

¿Puedes auscultar un momento nuestro corazón, Fray Manuel?

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