Ganador de medalla de oro

En la primavera de 1995 tuve la oportunidad de hablar en un colegio de secundaria. Cuando la ceremonia terminó, el rector me pidió que me entrevistara con un estudiante especial. Una enfermedad había mantenido a este muchacho alejado del colegio, pero él había manifestado el deseo de conocerme. El rector opinaba que esa entrevista significaría mucho para el niño. Por lo tanto, accedí a su solicitud.
Durante el recorrido a la casa de Matthew, así se llamaba el chico, que quedaba a quince kilómetros del colegio, pude averiguar algunas cosas acerca de él. Sufría de distrofia muscular.

Cuando nació los médicos anunciaron a sus padres que no llegaría a los cinco años, y cuando superó esa edad, que no alcanzaría los diez. Ya había cumplido los trece y, por lo que me contaban, era todo un luchador. Había querido conocerme porque yo era levantador de pesas, había ganado una medalla de oro olímpica y tenía experiencia en superar obstáculos y lograr hacer realidad los sueños.
Matthew y yo conversamos por más de una hora. Durante ese tiempo no se quejó una sola vez y tampoco se lamentó de su suerte. Me habló de ganar, de triunfar y de perseguir sus sueños. Era evidente que hablaba sobre ese tema con propiedad. No me dejó entrever que había sido objeto de burlas por parte de sus compañeros por ser diferente; más bien se dedicó a hablarme de sus esperanzas y de su deseo de levantar pesas junto a mí.
Al finalizar nuestra conversación saqué de mi maletín la primera medalla de oro a la que me había hecho merecedor, y se la colgué del cuello. Le dije que él sabía mucho más acerca del éxito y de como superar obstáculos de lo que yo llegaría a aprender. Miró la medalla con detenimiento por un momento, se la quitó y me la devolvió. Sin titubear, me dijo: “Rick, tú eres un campeón. Te mereces tu medalla. Yo te mostraré la mía cuando participe en las olimpíadas algún día, y me gane una medalla”.
El verano pasado recibí una carta de los padres de Matthew anunciándome su muerte. Me hicieron llegar una carta que Matthew me había escrito unos días antes.

 

Apreciado Rick:
Mi madre me aconsejó que te escribiera una carta de agradecimiento por la foto tan increíble que me enviaste. También quería decirte que los médicos me han dicho que me queda poco tiempo de vida. Me es difícil respirar y me canso fácilmente, pero a pesar de todo procuro sonreír lo más que puedo. Ya sé que no llegaré a ser tan fuerte como tú y que no podremos alzar pesas juntos.
Yo te dije que iría a unas olimpiadas para conquistar una medalla de oro. También sé que ya no lograré hacerlo. Pero si sé que soy un campeón y que Dios también lo sabe. El sabe que yo no me rindo, y cuando llegue al cielo Dios me dará mi medalla de oro. Te la mostraré cuando tú llegues. Gracias por quererme.
Tu amigo, Matthew.

Rick Metzger.

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