El que no ama, no conoce a Dios

Ya conocemos por la elocuente descripción de San Pablo, en 1Cor. 13, acerca del amor, que podemos ser capaces de realizar grandes cosas sin amor, pero que de nada nos sirve, y eso es algo que debe llevarnos a analizar nuestras vidas con detenimiento. Cuando leemos la parábola del hijo pródigo, nos parece que el hijo que permaneció al lado de su padre, era el hijo perfecto -moral, trabajador, cumplidor y respetuoso- sin embargo, cuando regresó el hermano que estaba perdido, mientras el padre y los siervos de la casa se regocijaban porque el que estaba perdido había sido hallado, "el hijo perfecto" se llenó de ira, de envidia y orgullo, éstos parecen frutos de un alma vacía de amor.

¿Habrá por ahí vagando algún pródigo que haya tenido que mantenerse alejado del reino de Dios por la falta de amor de alguno de los que estamos dentro? ¡Dios nos libre! "Que haya en vosotros el sentir que hubo en Cristo Jesús".
"Las almas no se dulcifican -dijo alguien- sacándoles algún fluido ácido que tengan dentro, sino poniéndoles algo: Un gran amor y un nuevo espíritu".
El Espíritu de Cristo que penetre en el alma dulcificándola, purificándola y transformándola. Renovando, regenerando y rehabilitando al hombre interior.
Reflexionemos en algo muy serio, yo diría que de vida o muerte:
 "Cualquiera que ofenda a uno de estos pequeñitos que creen en Mí, mejor le  fuera que se le colgase al cuello una piedra y se le arrojase al mar". En otras palabras, es preferible no vivir que no amar.

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