El movimiento que estaba predestinado al fracaso

Desde el principio el movimiento estaba predestinado a fracasar. Había comenzado con 120 hombres. Decididamente pocos, si se tiene en cuenta que su territorio tenía una población de cuatro millones. Además, la mayoría era analfabeta y pobre. Eran hombres de trabajo, lejos estaban de hacer algo que pudiese marca alguna diferencia.

Algunos, los menos, habían salido de su país; no tenían ninguna experiencia ni ninguna preparación cultural. Su nación estaba bajo opresión. El pueblo estaba debilitado, los gobernantes eran corruptos, la religión había sido absorbida.

La estrategia del grupo era desastrosa. Nunca establecieron un lugar como centro de actividades. Nunca hicieron investigaciones. Los planes los hacían sentados bajo los árboles. Podía ser que los líderes ni siquiera estuviesen de acuerdo con la exacta definición de su misión.

Por encima de todo eso, el movimiento no era práctico. Era demasiado absurdo y extremo. Demandaba demasiado en poco tiempo.

Carecía de tacto. Era impaciente con las tradiciones. Clamaba por un cambio radical en las clases sociales. Daba demasiado lugar a las mujeres y a los grupos minoritarios.

El movimiento estaba destinado al fracaso. Pero no fracasó. Triunfó. No sólo que triunfó sino que sobrepasó ampliamente a cualquier movimiento en la historia. En un lapso de treinta años, el mensaje de Jesucristo había entrado en todos los puertos, ciudades y plazas del mundo. Era contagioso. Era un organismo vivo. La gente moría para que continuara.

Podría haber fracasado, pero triunfó. Y sigue triunfando. El movimiento de Dios nunca se detendrá. Algunos dicen que Occidente es poscristiana. No importa. Otros se burlan ante la absurda creencia de no creer en nada, absolutamente. Eso no lo detendrá. El materialismo cubre las naciones. Aun así, el movimiento  continuará. Puede que se retrase, pero jamás se detendrá. Puede que la iglesia combata y luche. Puede que el pueblo se endurezca debido a las tradiciones. Puede que los líderes pierdan la visión, pero el movimiento seguirá marchando. Nada jamás lo detendrá. Al comandante judío nadie lo puede frenar.

Podemos caer de rodillas en humilde gratitud, porque Dios nos ha permitido ser partícipes de tamaña causa. Porque éste no es el movimiento de un hombre. Es el movimiento de Dios. Esa es precisamente la razón por la cual lo que estaba destinado al fracaso no fracasó jamás. Es el movimiento de Dios.   

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